A Manuel y Marcos les une una amistad que les ayuda a superar obstáculos y desafíos de la vida. Se conocen desde hace más de una década. El vínculo que les une es de tal magnitud que, el primero rehúsa la oportunidad de cazar un cochino medallable para que Marcos pueda abatir su primer gran jabalí.

Un jabalí de 120 kilos con unas largas y gruesas navajas
Manuel expresa lo que sintieron los cazadores andaluces en el momento en el que vieron las espectaculares defensas del macho.
«Todos en la vida tenemos una lista de sueños por cumplir. Yo sabía que uno de los de mi buen amigo era cazar el jabalí que a todos los aficionados nos quita horas de sueño. Cae la tarde en el norte de España, poco a poco, como si estuvieran tirando del sol con una cuerda. El campo se empieza a mover, las ramas a crujir y los nervios a estar presentes. Estábamos apostados en «El Valle de los molinos», esperando a un querencioso corzo que días antes nos había ladrado cerca».

Detalle del trofeo del gran jabalí.
La amistad más allá de la caza
«Mirando al repecho de enfrente, de la maleza y majestuoso, irrumpe un solitario verraco, curtido en mil batallas y dispuesto a vender cara su vida. Sin dudarlo un segundo, le brindo el lance a mi amigo, sé la ilusión que le hace, sé lo que lleva soñando este momento y, sobre todo, sé que se lo merece.
Debido a la gran distancia, en un momento entablamos una estrategia para hacerle una entrada. Alejandro se queda divisando desde la cuerda, mientras Marcos y yo intentamos ganarle metros al que aparentemente era un jabalí que prometía y con el que tantas noches habíamos soñado. Nos vamos aproximando, intentando no cargarle el aire, todo estaba en juego, la sierra no se anda con medias tintas: o te sube a la gloria o te hunde en lo más profundo.

Medición.
Casi sin luz y a unos ciento treinta metros, mochila al suelo, rifle bien apoyado, nervios a flor de piel y manos temblorosas. Esperamos unos minutos que parecen horas para que el guarro se cruce e intentar asegurar el éxito en el disparo. Quita el seguro, aprieta el gatillo y hace retumbar la sierra. Queda todo en silencio, casi de noche y sin tener la certeza de lo ocurrido, nos acercamos al lugar del tiro, no sabemos si está herido, y tenemos claro que está bien «armado».
A escasos diez metros vemos el gran bulto negro entre la maleza y, al poco, el marfil sobresaliendo. Como tres niños el día de reyes, entre lágrimas, nos abrazamos. Teníamos delante el guarro de una vida, cazado entre amigos y con un dulce final. Momento que quedará en nuestra retina y corazón por siempre. Esta es la grandeza de la caza en abierto. Son tan maravillosas las cosas que en el monte acaecen, que dudan muchas veces los hombres en contarlas, porque la extrañeza de ellas las hace increíbles».





