¿Por qué saliste de tu querida Galicia?
En el año 1961 me vine a Madrid para presentarme a unas oposiciones de funcionario. Aprobé y me quedé a trabajar, a vivir, me casé, tuvimos hijos e hice nuevos amigos, volviendo a cazar, ya totalmente documentado y respetando la creada ley de caza en 1970.
En esa época los aprovechamientos cinegéticos se practicaban sobre terreno libre por lo general. Ahora todo está acotado o prohibido.
Al trabajar, pude comprar una moto para moverme, luego un Gordini, más tarde un Seat 1500. Íbamos a los pueblos, en cada uno había un cazador al que contactábamos para que nos indicase las mejores zonas de caza. Ese cazador era el que había conseguido siete perdices de un tiro. Es imposible, pero eso se decía de él. Le contratábamos, le pagábamos el jornal y la cuadrilla que íbamos a cazar todo el día. Sobre todo, a las perdices.

Luis, ¿cómo te encuentras de salud a tus 81 años para ir al campo a cazar?
Me voy defendiendo bien. Últimamente las rodillas empiezan a fallar algo, lo que me obliga a mirar dónde pongo el pie derecho antes de mover el izquierdo. Pero bien.
La pregunta del millón, ¿cómo fue tu primer día de caza antes de la ley del 70?
Teníamos una escopeta que nos regaló un señor mayor del pueblo. La teníamos guardada en la parte alta de los hornos de pan típicos gallegos, la panera. La cogía el primero que llegaba con cartuchos, recargados por cada uno. Comprábamos pólvora, que era lo principal; los tacos los hacíamos de papel. ¿Perdigón? Lo que podíamos. Metíamos hasta piedras de sal, plomos apenas había. Cazar fue mi mayor ilusión de chaval, antes de ir al seminario con 10 años. Era invierno, vi un bando de palomas y me acerqué lo que pude. De un tiro maté tres. Ese fue el día más feliz de mi vida como cazador. Llegar a casa y decir: «¡Madre, toma tres palomas para comer!».

Luis, abusando de esa gran memoria que conservas, ¿cuál fue tu primera arma de caza?
Claro que me acuerdo: calibre 16, clandestina. No era mía, era de todos, fue la primera arma que yo tuve y utilicé.
La caza en la posguerra era para comer, no teníais armas en propiedad. ¿Has utilizado alguna vez trampas?
Cazábamos con trapelas. Se hace un hoyo en el suelo que se cubre con unas tablillas atadas con cerdas de caballo. Se coloca a modo de muelle. Cuando la perdiz camina por el senderito, porque hay mucha maleza, al pisar se abre y la perdiz cae y queda atrapada dentro. Era una forma de llevar carne a casa que se sumaba a las nueces, castañas y productos del campo salvajes. Para acompañar a la matanza del gocho (cerdo), quien podía criarlo.

Hoy tenemos especies protegidas como la avutarda, el sisón o el urogallo, por poner estos ejemplos. ¿Las cazabais?
No, nosotros nada. Hay que distinguir las zonas. En Galicia no había avutardas, pero sí arceas (becadas), que en invierno abundaban y las cazábamos en los regueros de los prados cuando se helaban. La arcea picotea las orillas para beber y buscar lombrices. Pombos (torcaces) apenas había. Teníamos perdices, conejos y liebres.

Luis, con 81 años, ¿sigues cazando?
Sí, y seguiré mientras el cuerpo aguante con mis perros. He llegado a tener dos rehalas para las monterías que llevábamos por intercambio de dos puestos que vendíamos a los amigos.

En tus inicios en la caza, ¿cuántas piezas podían cazarse en una jornada?
Antes teníamos la licencia nacional y la comarcal. Hoy hay una licencia por autonomía y si las quieres todas cuestan una fortuna. Antes había perdices para todos los cazadores que tuviesen piernas para seguirlas. Te colgabas una media de tres patirrojas, dos conejos y una liebre por jornada. Hoy hay escasez de todo, hasta de cazadores jóvenes.
Yo recuerdo mi inicio como cazador: era ir con la Peña en autocares a los terrenos libres. ¿Vosotros cómo os movíais?
Cuando me vine a Torrejón de Ardoz había una sociedad de cazadores (Pegaso) con el Tío Candi al frente y, efectivamente, íbamos en autocares al campo a cazar, desde la madrugada hasta las tres de la tarde que volvíamos en el autocar.

En la Península Ibérica tenemos gran variedad de especies cinegéticas. ¿Cuál es tu especie preferida?
Mi especie preferida, cuando podía andar bien, ha sido la perdiz roja, y cazada en mano. A la tórtola, cuando teníamos alguna perra, íbamos a Trujillo en septiembre con los municipales. Chita, se llamaba uno. Llegábamos por la noche a su casa a comprarles puestos “en lo libre”, no existían cotos. Te ponían en un punto de paso de tórtolas y se tiraban muchos disparos. Había escopetas finas que hacían buenas perchas.

Has sido un chiquillo, has crecido, te has casado, tenido hijos. ¿Cómo ha visto tu familia que seas cazador?
De novios bien, casados, la película se veía de forma diferente. Cuando íbamos en autocar sabía la hora de salida y de llegada, pero, cuando tuvimos un vehículo propio, nos juntábamos cuatro al regreso… He pinchado muchas veces la rueda (disculpa por llegar tarde).
Cuando llegabas a casa con tu percha de perdices, conejos… ¿quién limpiaba la caza y se encargaba de la cocina?
Me acuerdo de las épocas buenas cuando ibas por la calle con unas perdices y alguna liebre colgada al cinto. La gente se te quedaba mirando pensando: «¿Dónde se habrá metido? Fíjate lo que lleva». En casa yo limpiaba la caza y la mujer la cocinaba para todos. Si cazabas mucho, regalabas caza y te lo agradecían. Hoy regalas una perdiz sin pelar y la tiran a la basura.

¿Recuerdas alguna anécdota cinegética?
Un día a tórtolas en Cáceres, cada uno con sus cartuchos comprados. Llegamos con el Seat 1500 de gasoil a 6,50 pesetas. Colocados, hubo algún compañero que no tiraba. Decía que le entraban todas muy largas. Conclusión: como costaban perras los cartuchos, había que asegurar el tiro. Entonces decidimos, cada vez que salíamos, comprar un cajón de cartuchos, entonces eran de 500. Lo pagábamos a medias y ya no dolía disparar a las largas y cercanas.

¿Algún incidente o accidente en tantos años viajando y cazando con armas de fuego?
Incidentes con la Guardia Civil: te pedían la documentación, se te había olvidado en el coche al cambiarte de ropa. A veces te decían: «Cuando deje de cazar, se pasa por el cuartelillo y nos la enseña». Otras veces primero te denunciaban y luego se la llevabas para comprobar que estabas documentado. Retirada de armas por sanción, nunca.
¿Cuántos hijos tienes? ¿Alguno es cazador?
Tengo chico y chica. Al hijo le compré una escopeta que no llegó a usar. Sin embargo, es un pescador comprometido. La hija, nada. Comer la carne de caza sí, pero cazar, no.

¿Alguna recomendación para la gente joven?
Cazar es una necesidad, al menos para el control de poblaciones. Hoy el cazador no va por carne, es un deportista que ejerce una actividad a favor de los demás: agricultores, ganaderos, conductores… Es un conservador del medio natural que necesita cazadores de relevo.





