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lunes, abril 20, 2026

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Crónicas de caza

Las becadas de Año Nuevo

Para un cazador, la mejor manera de festejar esta efeméride es salir al campo con sus perros antes de disfrutar de un almuerzo familiar.

Ismael Fandiño Silva nació en Vigo hace 34 años. Actualmente reside en Baiona, municipio integrado en el Área Metropolitana de Vigo, perteneciente a la provincia de Pontevedra. El gallego lleva en la caza más de media vida. Se define como «un apasionado de la caza menor. Llevo cazando desde los 14 años, y a diferencia de otros muchos cazadores, mi pasión por la caza nace de manera natural, empezando a buscar y leer desde muy niño cualquier libro o relato relacionado con el tema».

Un cazador autodidacta

«Me inicié en la caza real gracias a un vecino que, sabedor de mi afición, se prestó a darme la posibilidad de acompañarlo al campo. Íbamos a conejos, aunque a mí me llamaba más la caza de la pluma. A los 18 años obtuve la licencia de caza y el permiso de armas. Este hecho me permitió independizarme en la caza. Prefiero la caza en solitario, disfrutando aún más, si cabe, de la unión con mis perros, aunque también comparto jornadas con buenos amigos».

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Un enamorado del setter inglés

«Todos los perros que tuve y tengo nacieron en casa. Creo que para el terreno y las piezas que cazo es la raza ideal: un perro noble, elegante, de aspecto frágil, pero con una afición a prueba de bombas. Para mí, es imprescindible que un perro de caza tenga recorrido, pero a la vez inteligencia para estar en contacto con el cazador. Dedico mucho tiempo a estar con mis perros, tanto durante la temporada como fuera de ella. Recientemente perdí uno de mis mejores compañeros caninos, Duke. Era un verdadero especialista. Lógicamente noto su falta, aunque, como todo en la vida, no queda otra que sobreponerse y seguir luchando.

Actualmente cazo con dos perros jóvenes: Karim, un macho de setter americano, y Queen, una hembra de setter inglés. Tienen dos años y están, para mí, en su mejor época. Van cogiendo poco a poco la experiencia necesaria en la caza de la arcea. Cada año viajo a Letonia para mejorar su adiestramiento».

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Cazando becadas en Año Nuevo

El becadero realiza la crónica del día de caza. «Normalmente hago muchos kilómetros para cazar, pero en esta ocasión preferí probar suerte en “mi coto”, y digo mi coto porque no hay piedra que no haya pisado. Como la última noche del año soplaba el viento del norte, decidí cazar las zonas más altas orientadas hacia el este. En el acotado hay múltiples desniveles y regueras. No me equivoqué a la hora de elegir la zona de caza. Tardamos pocos minutos en dar con la primera. Tras una muestra vacía, Karim no tarda en volver a localizar a la arcea. Había apeonado más de 100 metros. Los setters americanos muestran erguidos con la cola apuntando al cielo, como una bandera. Una imagen preciosa con los primeros rayos del sol de fondo. Cuando alzó el vuelo, la pitorra se dirigió hacia el astro rey. Apenas pude saber si la había derribado. Karim apareció con ella en la boca, despejando mi duda».

El reguero de las becadas

«A unos cientos de metros del lugar de abate de la primera arcea, Karim queda de nuevo de muestra. Estaba completamente quieto, pero se notaba que era un rastro reciente. Por la distancia de la guía, llegué a pensar que eran perdices. Justo en el borde de un camino queda petrificado, mirando hacia la zona baja. Mal asunto: no tenía manera de colocarme para cortar el vuelo de la sorda. En este tipo de caza es superimportante tener visión y anticiparte al vuelo de la becada. El pájaro arranca como esperaba».

El cazador, únicamente dispara a las becadas que tiene la seguridad de poder abatir

«No disparo mi arma. Vuelvo sobre mis pasos en dirección al sitio en el que he visto por última vez a la arcea. Rápidamente el perro da con ella. Estaba en lo más cerrado del monte, entre tojos y zarzas. De nuevo se eleva tapada. La derribo de un único disparo. La recuperación del ave no era fácil, pero el perro la cobra. Continúo la búsqueda en zonas más altas. El perro queda de muestra, pero la arcea arranca fuera del alcance de mi escopeta. Veo dónde se posa y, al contrario de lo que muchos harían, decido llevarme al perro lejos para dejar a la becada un rato tranquila.

Aprovecho este tiempo para reponer fuerzas. Cuando han transcurrido unos 15 minutos, llevo al can a la zona en la que se encuentra la pitorra. No tarda en dar con ella. Estaba justo debajo de un tronco de pino caído. El ruido del aleteo me saca de mis pensamientos. Verla y tirar fue un acto reflejo. Tras abatir las tres arceas, saco los cartuchos del arma y me encamino hacia el lugar de aparcamiento del coche. Me voy con la sensación de la gran labor realizada por mi perro. No hay mejor manera de comenzar el año que ver in situ cómo el perro que entrenaste tantas horas muestra el fruto de tu trabajo».


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