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martes, abril 21, 2026

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Castilla y León

Caza un corzo al rececho con la mejor de las compañías

Para un cazador es un privilegio poder compartir la caza con sus padres e hijos. En momentos como este, no importa el trofeo, sino la experiencia vivida.

Marta Santamaría es una palentina de 31 años de edad, hija de Francisco Javier y María Leo. De ellos ha recibido una serie de valores que han marcado su vida. La futura ingeniera forestal ha cambiado, pese a su juventud, las comodidades de una capital de provincia por disfrutar del campo y la naturaleza. Es una apasionada de la caza, los caballos y el campo.

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La cazadora con su familia en una jornada de caza menor.

Maestro en la vida y en la caza

Francisco Javier Santamaría Campo es un cazador de 63 años, vecino de Valdespina, localidad perteneciente a la provincia de Palencia. El cazador ha enseñado a Marta todo lo que sabe sobre caza, y la continúa acompañando en muchos de sus días en el campo. El fin de semana, padre e hija salieron con la intención de abatir un corzo macho. Una hora después de apearse del vehículo, localizaron en un rastrojo de cereal a un macho acompañado de dos hembras. El acercamiento era difícil, pero había que intentarlo. Los ungulados estaban en un terreno descubierto a 400 metros de distancia.

Tras una tensa espera, la cazadora se aventuró a tratar de aproximarse para asegurar el disparo. Lo consiguió ocultándose con unos juncos. Apretó el gatillo de su rifle de cerrojo de la marca Bergara Timber B14, del calibre .300WM. La bala se detuvo en el cuerpo del animal. La cazadora y su padre buscaron al ejemplar en el pinar en el que se había refugiado. Lo encontraron sin vida a unos metros del lugar del lance.

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De padres a hijas

La cazadora comparte con los usuarios de Club de Caza lo que sintió durante la jornada cinegética:

«No es el mejor ejemplar que he cazado. Pero, hasta el momento, el mejor lance de corzo vivido. Una entrada bonita, pero costosa, quizá la que más. Y, además, él estaba allí: mi padre.

En celo, dos corzas, amaneciendo, con lo único a favor, el viento. Un acecho donde, en cada movimiento y respiración, me sentía observada. Cada crujido de las cañas de los cereales cosechados los sentía como pinchazos en el estómago, sentía que me delataban; opté por quitarme las botas, pero no iba a ser buena idea. Sentada, con los codos encajados en las rodillas, esperando hasta el último instante con el rifle encarado y, en la exhalación del suspiro, rece».

 


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